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¿Bandidos internacionales?

From: Francisco Cayol <fcayol@hotmail.com>
Date: 21 Feb 1999 13:23:29 -0500
Message-ID: <esp.19990221132329@FM-Forum-Archives>


Message:
Transcribo el capítulo I de "El hundimiento del Belgrano", por Arthur Gavshon y Desmond Rice, de la edición de Emecé Editores, 1994. Me parece muy interesante para comprender el motivo de la intransigencia británica.

¿Bandidos internacionales?

Hace un siglo y medio, en enero de 1833, Gran Bretaña expulsó a la guarnición argentina de las islas Malvinas. Nadie duda seriamente que dentro de otro siglo y medio las Malvinas habrán vuelto a ser territorio argentino[1]. La Fortaleza de las Malvinas está demasiado lejos, es demasiado cara, para que Gran Bretaña quiera o pueda mantenerla indefinidamente. Hasta 1982, la soberanía e incluso la ubicación geográfica de las islas eran materias en absoluto indiferentes al pueblo británico. Para los argentinos, en cambio, constituían un tema próximo y candente cuyo arreglo llevaba mucho tiempo demorado, y la fuerza del "factor Malvinas" era una dimensión vital de los acontecimientos de que aquí hemos de ocuparnos.
La perspectiva argentina es diferente en primer lugar por la distancia. La Argentina es un país diez veces más grande que Gran Bretaña. Para aquélla, las islas Malvinas, a unos seiscientos kilómetros de distancia, están en la misma relación que las Shetlands con el territorio del Reino Unido. Según el derecho internacional la sola proximidad no acuerda títulos -de lo contrario Gibraltar sería español y las islas del canal de la Mancha francesas-, pero lo que para los ingleses parece un terrón en el Atlántico Sur a doce mil kilómetros de distancia, significa para la Argentina la única superficie terrestre al alcance de sus costas, cuyo dominio tendría consecuencias estratégicas inmediatas aun cuando la Argentina careciera de derechos sobre ellas.
Desde el punto de vista jurídico, es imposible, tras ciento cincuenta años de ocupación británica, ser tan terminante como lo fue un famoso defensor de los derechos y de la soberanía de Inglaterra en aquella época. En julio de 1829, el duque de Wellington -por entonces Primer Ministro- escribió: "He examinado los papeles referentes a las islas Falkland. De ningún modo me resulta claro que alguna vez hayamos sido titulares de la soberanía sobre esas islas"[2].
El argumento británico de la prioridad del descubrimiento de las islas en fecha próxima a 1590 era por sí mismo muy difícil de demostrar y estaba debilitado por otras pretensiones de avistamientos anteriores, como el realizado, por ejemplo, por Américo Vespucio en 1504. Una guarnición británica ocupó las Malvinas durante pocos años en el siglo XVIII, tolerada por el gobierno español, que entonces ocupaba la mayor parte del territorio sudamericano con títulos legales reconocidos por las naciones europeas aunque no siempre por los habitantes locales. Cuando la guarnición abandonó las islas en 1774, dejó una placa cuyo texto reiteraba los derechos británicos, tal como uno puede dejar su saco en el asiento del tren mientras se va a almorzar al comedor.
La joven República Argentina, que habla heredado en 1816 los derechos de España, no estaba en condición de oponerse al poder abrumador de la marina británica, y así Inglaterra ha permanecido en las Malvinas desde que el capitán Onslow ancló en ellas el año 1833. Su dominio ofrecía varias ventajas prácticas en el siglo XIX. "La perspectiva razonable era que la posesión de las islas reforzaría el poder marítimo británico y proveería de una base para la caza de ballenas y para la supresión de la piratería. Además, el incremento del comercio con Australia a través del estrecho de Magallanes tornaría ventajosa a la colonia. El interés de Gran Bretaña aumentó, dado que buscaba entonces dominar los mares y el comercio mundial"[3]. La Argentina nunca cesó de plantear sus reivindicaciones; Gran Bretaña siguió allí, y entretanto nacieron generaciones de malvinenses británicos y la historia aplicó su pátina de prácticas inmemoriales.
El 25 de mayo de 1910, la Argentina celebró el centenario de la revolución que depuso al último virrey español, y aprovechó la oportunidad para reiterar sus exigencias sobre las Malvinas. Gerald Spicer, jefe del Departamento Americano del Foreign Office, solicitó al bibliotecario del FO, Gastón de Bernhardt, que le presentara un estudio histórico detallado de la disputa, y el 7 de diciembre le entregó éste un análisis de cuarenta y nueve páginas elaborado a base de los archivos oficiales y otras importantes fuentes.
Lo que leyó Spicer debe haberlo hecho lanzar un suspiro de alivio al enterarse de que Gran Bretaña se había rehusado incluso a contestar a la única propuesta presentada jamás por cualquiera de los dos países para someter el caso de las Malvinas a un arbitraje internacional, veintiséis años antes[4]. El memorándum de Bernhardt debilitaba tanto los argumentos británicos que, vacilante, Spicer expresaba en una minuta del 12 de diciembre de 1910: "Un mero examen de este memorándum hace concluir que la actitud del gobierno argentino no está del todo injustificada, y que nuestra acción ha sido de algún modo un golpe de mano"[5]. Un sucesor de Spicer en la jefatura del Departamento Americano, John Troutbeck, observaba en 1936 que "la dificultad de nuestra posición es que la ocupación de las Falkland en 1833 fue un procedimiento muy arbitrario" y no sería "fácil exponer nuestra posición sin presentarnos a nosotros mismos como bandidos internacionales"[6].
La respuesta británica debía trasladar su argumento desde la prioridad del descubrimiento y cualquier otro título válido a un terreno en que su justificación se apoyara en la teoría de la prescripción, definida por el Diccionario Oxford como "reclamo fundado en el largo uso". Buena parte de la información disponible sobre el punto de vista oficial británico respecto a la legitimidad de sus pretensiones sobre las Malvinas procede de las investigaciones del doctor Peter Beck, Profesor Titular de Historia Internacional en el Kingston Polytechnic, quien ha estudiado la cuestión desde antes del estallido de la guerra de 1982.
El Foreign Office abandonó pronto sus propósitos de escudriñar los archivos que sus funcionarios y algunos académicos querían consultar en los repositorios oficiales de Londres. Beck sintetiza de este modo el cambio de actitud: "Como Anthony Eden señaló en 1936, los títulos británicos se habían fundamentado mal hasta ese momento. Ello obligaba a adoptar una actitud distinta, que reemplazara el tradicional énfasis sobre criterios previos a 1833 por otro sobre criterios posteriores a 1833"[7].
En vez de argüir que habían encontrado el asiento y después dejado allí el saco, los británicos comenzaron a decir que cualquiera hubiese sido el dueño en 1833, llevaban tanto tiempo acomodados en el asiento que las prácticas de un siglo los habían hecho titulares de él. Sea cual fuere la validez de este principio de la prescripción en el derecho internacional, por otra parte nunca puesto a prueba por Gran Bretaña, no se precisa mucha imaginación para suponer la respuesta argentina a este nuevo argumento británico. Si el Reino Unido primero robó las Malvinas -cosa que nadie puede con certeza afirmar ni negar-, ahora añadía el insulto a la agresión. El "son nuestras, por eso las tomamos" de los ingleses, se había transformado en: "las tomamos, por eso son nuestras".
Las investigaciones de Beck lo llevaron a compartir las conclusiones a que llegara en 1927 Julius Goebel, el norteamericano autor de un clásico, LA LUCHA POR LAS ISLAS MALVINAS, que la Universidad de Yale reimprimió en 1982. Goebel escribía: "Hay algo de inútil en traer el flaco y ascético rostro del derecho para que se asome a una situación que desde el principio al fin es meramente una cuestión de poder"[8]. En la interpretación de Beck, tanto los sucesos de 1833 como los de 1982 "parecen confirmar que, en última instancia, el poder y la voluntad son los factores decisivos. Así, el gobierno de Buenos Aires se quejaba en 1833 de que la ocupación británica representaba 'el ejercicio de los Derechos del más Fuerte a humillar a un pueblo joven indefenso'. De nuevo en 1982 Gran Bretaña tenía el poder y la voluntad... de recuperar el control de las Malvinas"[9].
Aquí radica, pues, la segunda de las diferencias cruciales de perspectiva entre Gran Bretaña, oteando a lo lejos las distantes Malvinas, y la Argentina, que a principios de la década de 1980 prestaba el único servicio aéreo regular de las islas (los lunes, desde Comodoro Rivadavia), ocupándose de los casos de internación cuya seriedad excedía a las instalaciones hospitalarias de Stanley y suministrando mediante la compañía estatal YPF todo el combustible consumido en las Malvinas. No es una exageración decir que el pueblo británico sabe algo de las Malvinas sólo al presentarse tres circunstancias: cuando en la escuela se le enseña que allí se libró una batalla naval en 1914; cuando lee la cada vez más disminuida lista de colonias y dependencias británicas; y cuando alguna iniciativa argentina determina movimientos en la flota, el Parlamento y los medios de comunicación, antes de que el olvido caiga de nuevo sobre ellas.
Para el pueblo argentino la cosa es muy diferente. Las Malvinas han sido un viejo encono y son un objetivo actual. Todo escolar sabia dónde estaban y a quién pertenecían en derecho. Por lo general, en toda América del Sur -ni qué decir en la Argentina- se las consideraba un anacronismo político, el último vestigio de un colonialismo que desaparecía. En palabras de Sir Derick Ashe, embajador británico en Buenos Aires a mediados de la década de 1970, "nadie podría comprender en Londres el grado de fervor casi religioso que los argentinos tienen por las islas. Es más que el Santo Grial para ellos, la única causa que los podría unir"[10]. Pero los argentinos sentían también que habían demostrado ejemplar paciencia. Beck lo ha destacado juntamente con la iniciativa británica "de reunificar a las Malvinas con la Argentina (como constaría en documentos que no serán accesibles hasta el año 2015); existen pruebas... de que en 1940 se trató un proyecto de arriendo, aunque no se adelantó nada. En general, la Argentina no abusó de las ventajas que le concedían las preocupaciones británicas en tiempo de guerra para intensificar sus presiones de reivindicación de las Malvinas"[11]. En 1948 los argentinos intentaron otra vez el planteo de la adjudicación, aunque sin resultados.
En la década de 1950, la población de las Malvinas declinaba; desde el punto máximo de 2.392 habitantes alcanzado en 1931, las cifras bajaron a 2.230 en 1953 y a 1.813 en 1980. La apertura del canal de Panamá en tiempo de paz fue causa de que la mayoría de las naves con rumbo al Pacífico abandonaran alegremente la ruta del Cabo de Hornos, y las islas se encontraron relegadas a la condición de un remanso en materia de comercio y geopolítica. Hacia tiempo que las ovejas habían reemplazado a las ballenas y a la pesca como principal fuente de ingresos, pero también la industria lanera comenzaba a declinar por la inseguridad de los precios, de variaciones impredecibles en las décadas de 1960 y 1970.
El periodismo británico, durante su breve interés de 1982 por las redescubiertas Malvinas, presentaba a la población como integrada por ásperos individualistas que labraban un suelo recalcitrante, esquilaban sus propias ovejas en sus propias granjas, con la tranquila dedicación de sí mismos a sus propios tercos destinos. Era la versión ortodoxa antes de la invasión. Una guía común de América del Sur editada en 1977 expresa que los habitantes eran "casi exclusivamente de pura ascendencia británica, descendientes de los primeros pioneros que se apropiaron de la mayor parte de las tierras. Son laboriosos y frugales"[12].
La realidad es que los propietarios absentistas poseen las más grandes extensiones de tierra y controlan prácticamente toda la economía. Un grupo, la Falkland Islands Company (FIC), fundada en 1851, es dueña del cuarenta y dos por ciento de los casi siete mil kilómetros cuadrados, y domina el sesenta y seis por ciento de la esquila de lana mediante un sistema de entrelazamiento de directorios con otras compañías independientes pero más pequeñas. La FIC fletaba el único vínculo marítimo con Gran Bretaña, a bordo del cual iba la producción anual de lana, de un valor de dos millones de libras. También proveía el comercio interno de las islas. Un estudio de posguerra preparado por la Oficina Latinoamérica señala que: "Los terratenientes absentistas que controlan las islas miden el éxito sólo en términos de las ganancias que pueden extraer"[13]. La investigación encomendada por el gobierno británico a Lord Shackleton en 1975 -publicada en mayo de 1976 como Informe Shackieton- dice: "Si existe una causa de la declinación de la población y de la economía en las islas Malvinas, es el drenaje de recursos desde las Malvinas hacia el Reino Unido. Dada la alternativa entre reinversión local de las ganancias una vez deducidos los impuestos o invertir en el Reino Unido, las compañías se han resuelto por la última opción"[14]. Para ilustrar el rápido ritmo de descapitalización, Lord Shackleton transcribe cifras indicativas de que durante más de cuatro años los terratenientes absentistas reinvirtieron en las islas apenas un sesentavo de sus ganancias. En la década. de 1980, las Malvinas en cuanto a caminos sólo podían jactarse de contar con treinta y seis kilómetros, de los cuales quince pavimentados y el resto mejorado.
El resultado de todo esto para el isleño común es hacerlo un sirviente de la FIC, que le paga quizás sesenta libras por semana -tres quintos de lo que gana un granjero británico. Vive en una casa de la compañía edificada sobre terrenos de la compañía y compra sus provisiones en un almacén de la compañía. La primera autoridad en su vida es la Falkland Islands Company, propiedad ahora de Coalite Limited. La segunda autoridad sobre él es el ministerio del Exterior y del Commonwealth -el Foreign Office- representado por su departamento Sudamérica y por un gobernador designado en Londres y asistido por un consejo ejecutivo. Los mismos gobernador y consejo son también responsables por las Dependencias de las Islas, las cuales "no son parte de la colonia de las Islas Falkland, sino que constituyen una colonia separada"[15].
Las Dependencias son los archipiélagos de las Georgias del Sur, a unos mil doscientos kilómetros al este sudeste de las Malvinas (aproximadamente a 54 1/21 sur, 361 oeste), y de las Sandwich del Sur. De ellas sólo las Georgias están habitadas por científicos de la Base Británica de Investigación Antártica. Una de las islas Sandwich es la Thule del sur, donde un helicóptero del Endurance descubrió "presencia militar argentina" el 20 de diciembre de 1976 que persistía cuando la invasión de las Malvinas[16].
Ningún barco de guerra apareció para expulsar a los argentinos en el resto de la década de 1970. El hecho se eslabonaba con otros que para los británicos eran una serie inconexa; sin embargo, los funcionarios argentinos podían interpretarlos como expresión de una actitud general de abandono de una potencia colonial que ya se había desembarazado de la mayor parte de sus antiguas posesiones. Esta interpretación errónea (si de veras fue errónea) se complementó por el lado inglés con la habitual subestimación del anhelo argentino por recobrar las Malvinas. Mientras la Argentina exageraba la apatía británica, los ingleses menospreciaban las ambiciones argentinas. Continuaron con su actitud después de la guerra cuando se encomendó a la Comisión presidida por Lord Franks que informara solamente sobre "el período que llevó a la invasión argentina". Ignorando la larga historia de los reclamos argentinos, el Informe Franks se refiere a sus manifestaciones de 1963 y 1964 como mera "reaparición del interés argentino" y fija como fecha inicial para su examen una tan reciente como 1965, "pues entonces se presentó formalmente por primera vez el tema ante la atención internacional"[17].
El 16 de diciembre de 1965, la Asamblea General de las Naciones Unidas invitó por su Resolución 2065 (Apéndice 1) a argentinos y británicos a que negociaran un arreglo pacífico de su disputa por las Malvinas, reconociendo implícitamente la fuerza de los argumentos argentinos al colocar la cuestión dentro del contexto de la extinción del "colonialismo en todas sus formas". La Resolución pedía a ambos gobiernos que tomaran en consideración "los intereses de la población". En una época de descolonización, éstos eran signos de que en algunos niveles del gobierno británico existía disposición a considerar un "descompromiso" ordenado respecto a las pesadas cargas ocasionadas por tan remoto lugar. El Informe Franks aporta un lúcido relato de los acontecimientos más importantes sucedidos después de la Resolución de las Naciones Unidas.
En 1968 un "Memorándum de Entendimiento" entre los dos gobiernos mencionaba el reconocimiento por Gran Bretaña. de "la soberanía argentina a partir de una fecha a acordarse"[18]. La iniciativa fracasó, y en 1973 una segunda Resolución de las Naciones Unidas urgió resultados más rápidos, instancia que se reiteró en 1976.
El 26 de abril de 1977, después de las conversaciones sostenidas en Buenos Aires y las Malvinas por el , funcinario del Foreign Office Ted Rowlands, el nuevo ministro de Relaciones Exteriores, David Owen, anunció que las negociaciones a celebrarse a partir de junio o julio del mismo aiío tratarían de "las futuras relaciones políticas, incluida la soberanía, en cuanto a las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur". Durante estas conversaciones con la Argentina, el gobierno británico "consultaría" al pueblo de las Malvinas[19]. El Informe Franks resume de este modo el punto de vista de la Comisión Británica de Defensa en julio de 1977:
El objetivo debería consistir en conservar activas las negociaciones con el gobierno argentino a fin de ganar tiempo, que permitiera preparar a la opinión pública en Gran Bretaña y en las islas para otros adelantos. En pocas palabras, la estrategia del gobierno era retener la soberanía todo el tiempo que fuere posible, haciendo concesiones respecto a las Dependencias de resultar necesario... a la vez que reconocía que en último rigor sólo una forma de arrendamiento podría llegar a satisfacer a la Argentina[20].
También tocó a Owen despachar a la zona un submarino nuclear y dos fragatas en 1977, durante un período crítico de actividad naval hostil de los argentinos. El propósito era robustecer las posiciones británicas en la negociación en un momento en que se consideraba posible una acción militar argentina. Owen ha destacado que se trató de un despliegue secreto, orientado no a provocar a la Argentina sino a establecer defensas preventivas. Pero, por su parte, James Callaghan, el Primer Ministro de entonces, ha declarado que se aseguró de que la presencia de las naves fuese comunicada por vías indirectas a la Junta argentina. Según escribió Martin Walker en el Guardian en 1982, "los argentinos fueron informados de su presencia por los norteamericanos, a pedido de Gran.Bretafia"[21].
El episodio merece ser recordado a causa de la profunda confusión que engendró. Se trata no sólo de lo que se hizo saber a los argentinos sino también de lo que se comunicó al mismo gobierno británico. Owen ha asegurado posteriormente que las reglas de compromiso fijadas para la expedición autorizaban a la fuerza a hundir barcos argentinos. El almirante Lord Lewin lo ha desmentido categóricamente. Más lamentable, porque indica que se perdió una oportunidad de evitar el estallido de la guerra de las Malvinas, es la afirmación contenida en el Informe Franks sobre la fuerza: "No hemos comprobado que el gobierno argentino haya llegado a conocer su existencia"[22].
Es un hecho que la noticia nunca tuvo estado público en la Argentina. Quizás el mensaje de Mr. Callaghan no llegó a ser comunicado. De todos modos, el 5 de marzo de 1982, mientras aumentaba la temperatura diplomática pero antes de que se produjera el incidente en las Georgias del 19 de marzo, Lord Carrington fue informado de que "en un período previo de alta tensión de la disputa, el gobierno anterior había despachado una pequeña fuerza de tareas a la zona. Lord Carrington preguntó si los argentinos se enteraron, y, CUANDO SE LE RESPONDIÓ NEGATIVAMENTE CONTINUÓ CON LA INICIATIVA" (destacado por nosotros)[23]. Hayan sido advertidos o no los argentinos en 1977, en 1982 Lord Carrington no contaba con precedentes válidos de una presencia naval con fines disuasivos.
Carrington había puesto sobre aviso al gabinete británico varias veces de que si la Argentina no vislumbraba perspectivas de progreso (él mismo favorecía alguna forma de arrendamiento como solución) se corría el peligro de que el dique reventara. Su memorándum a la Comisión de Defensa del 12 de octubre de 1979 decía en un párrafo que "la opción 'Fortaleza Malvinas' y la opción de continuar las negociaciones sin conceder nada en cuanto a la soberanía, llevaban, ambas, a una seria amenaza de invasión"[24]. Este es el primero de los varios ejemplos citados en el Informe Franks para demostrar que los diplomáticos, jefes militares y unidades de inteligencia de Gran Bretaña habían medido adecuadamente los riesgos involucrados en el deterioro de la situación durante los meses y años anteriores a la invasión. Poco después, en noviembre de 1979, un informe de la Comisión Conjunta de Inteligencia -el cuerpo más jerarquizado de analistas diplomáticos, políticos y militares- señalaba: "Si las negociaciones se interrumpieron o si por otra razón el Gobierno Argentino supusiera que el Gobierno Británico no estuviera preparado para negociar seriamente sobre la soberanía, existiría un serio riesgo de que el primero adoptare medidas de fuerza inmediatas"[25].
La actitud de Mrs. Thatcher fue postergar toda discusión formal del tema Malvinas hasta obtener un arreglo con Rhodesia (Zimbabwe) en sus ya avanzadas negociaciones. Pasaron más de tres meses, y hubo luego presión de Carrington antes de que la Comisión de Defensa se ocupara de las conclusiones del Foreign Office Y de la JIC (Joint Intelligence Committee, Comisión Conjunta de Inteligencia); aun después de todo eso, la amenaza de invasión parece no haber sido tomada en serio, porque los ministros hicieron todavía más rígida la posición del Gobierno en cuanto a la soberanía.
Carrington perseveró en buscar una solución más razonable, sin embargo, y a fines de noviembre de 1980 envió al ministro Nicholas Ridley "a plantear diversas políticas posibles, incluido el arrendamiento" a los malvinenses. Ridley informó sobre su visita a las islas ante la Cámara de los Comunes el 2 de diciembre, y sufrió intenso manoseo de todas las fuerzas políticas, empeñadas en destacar la "trascendental importancia" de los deseos de los isleños. Sir Nicholas Henderson, Embajador Británico en los Estados Unidos durante la crisis de las Malvinas, comentó más tarde: "Los gobiernos suelen asustarse cuando surgen insurrecciones entre sus apoyos parlamentarios, en vez de dirigir, informar y educar en temas de política que pueden significar al país grandes gastos y compromisos"[26].
Para el mundo exterior, la política británica parecía paralizada: los ingleses se habían arremangado los pantalones, pero no se decidían a meter la punta del pie en el agua. Estaban dispuestos a conversar, pero no sobre cambios decisivos. Los deseos de los isleños eran trascendentes, y empero el Reino Unido aceptaba dejar los servicios esenciales -energía, transporte y salud- en manos de la Argentina. En junio de 1981, el gobierno británico anunció que la fragata Endurance, solitario centinela de las islas, seria retirada de servicio a fin de economizar los tres millones de libras anuales que demandaba su mantenimiento. En octubre del mismo año, se propuso en el Parlamento un Estatuto de Nacionalidad Británica que excluía de ella en su plenitud a un tercio de los isleños.
A mediados de septiembre de 1981, los planificadores militares y políticos comenzaron a someter sus conclusiones a la Comisión de Defensa del Gabinete, junto con sus propuestas y estimaciones para varias posibles contingencias. Los jefes de equipo presentaron una propuesta que Mrs. Thatcher consideró meramente académica, a juzgar por su falta de reacción. Según afirmaron, bastaría para disuadir a la Argentina la presencia de una fuerza de tareas completa con un portaaviones y una brigada de tropas de desembarco. Pero si el operativo de disuasión fracasaba o no se ponía en práctica, y la Argentina ocupaba las islas, sería esencial la presencia de una fuerza mayor y más formidable para recuperarlas[27]. Los especialistas del Foreign Office calcularon posibilidades menos extremas, esperando -y deseando- que la confrontación total podría evitarse. Estimaron que los argentinos comenzaron por interrumpir sus vínculos aéreos y marítimos y los demás servicios. Las consecuencias serían complicadas y caras. El costo anual sólo de los reemplazos en materia de comunicación aérea y marítima oscilarla en torno a los veinte millones de libras, sin contar instalaciones indispensables como servicios médicos de emergencia, escuelas, combustible, transporte de bienes de comercio y otros suministros[28].
Estas conclusiones se formularon como efecto de una nota del ministro argentino de Relaciones Exteriores doctor Oscar Camilión que expresaba la creciente impaciencia de su país por el ritmo de las negociaciones. La misma fue acompañada el 27 de julio de 1981 por un comunicado en el cual se declaraba que un arreglo sobre las Malvinas "se había vuelto prioridad inpostergable de su política exterior". Intransigencia: esta palabra se convertiría en clave de la disputa por las Malvinas. Lord Carrington era heredero de ciento cincuenta años de intransigencia, y sus posibilidades de acción las veía complicadas con "presiones políticas domésticas" y la oposición del establishment de las islas.
El 14 de septiembre de 1981 declaró a Mrs. Thatcher y la Comisión de Defensa que, pese a que seguía auspiciando el arriendo como solución, "dadas las opiniones de los isleños, existen pocas posibilidades de hacer algo más que mantener en curso algún género de negociaciones con la Argentina". Su exasperación llega a ser percibido en la sibilina prosa del Informe Franks: "Lord Carrington propuso expresar al doctor Camilión que el Gobierno Británico deseaba el fin de la querella, pero que sólo podía proceder de acuerdo con los deseos de los isleños, que invitaba a los argentinos a producir por su parte otras propuestas constructivas"[29].
Ahora el ritmo se aceleraba. Antes de la invasión, y especialmente antes del fracaso de las negociaciones celebradas en Nueva York el 26 y 27 de febrero de 1982, casi una docena de informes que alcanzaron el escritorio de la Primer Ministro advertía que una confrontación, casi con seguridad militar, parecía inevitable para el año 1982. Mrs. Thatcher y su círculo íntimo de ministros recibieron varios recordatorios en que se destacaba lo urgente de la cuestión, que el tiempo se agotaba y que las opciones de un compromiso político se estrechaban. Nada de esto parece haber sido bastante para encender una luz de alerta en el despacho del Gabinete, donde no se consideró de suficiente importancia el tema para hacerlo materia de un debate. El Informe Franks señala, sin comentario alguno, que "la política del Gobierno hacia la Argentina y las Islas Malvinas no se trató nunca de manera formal fuera del Foreign Office a partir e enero e 1981 ". Hasta, habría que agregar, una semana después que chatarreros argentinos desembarcaran en las Georgias y una semana antes de que infantes de marina, soldados y aeronautas argentinos invadieran las islas. "Nunca se consideró llegado el momento oportuno", observa lacónicamente el Informe Franks[30].
Los días de altiva indiferencia habían pasado hacía ya mucho tiempo. El gobierno británico podría seguir declamando, como Ridley lo hiciera en homenaje a las formas en 1980, que no existían dudas "acerca de nuestra soberanía en las islas", pero el mero bloqueo económico que la Argentina impusiera a las Malvinas volvería sumamente costoso el mantenimiento de éstas, mientras que cualquier compromiso militar importante provocaría un enorme drenaje de las arcas de Exchequer a la par que desarticularla las obligaciones británicas con la OTAN. El gobierno del Reino Unido estaba atrapado entre dos opciones (por lo menos) acerca de qué hacer con las Malvinas y con qué seriedad asumir un reclamo casi tan antiguo como la Argentina misma. Su respuesta fue congelar: al no contar con alternativas válidas para ofrecer, se limitó a la inmovilidad. A mediados de 1983, William Wallace, Director de Estudios del Real Instituto de Asuntos Internacionales, formulaba estas reflexiones sobre el Informe Franks: "Es difícil leerlo sin sentirse seducido y comprensivo ante la impaciencia argentina y con profunda simpatía por un servicio diplomático (británico) que hizo lo posible a través de los años para presentar alternativas a los ministros que éstos repetidamente desechaban"[31].

[1] Los autores emplean la expresión usada en el archivo del Foreign Office para un expediente de 1940 que no se podrá consultar hasta 2015, cuyo título es "Propuesta presentada por el Gobierno de Su Majestad para REUNIR las Islas Falkland con la Argentina y aceptación de arriendo" (el subrayado es nuestro). Se lo cita en Latín América Bureau, Falkland/Malvinas. Whose Crisis?, 1982, pág. 36. Parece ser que el arriendo no es una solución nueva para el problema de las Malvinas.
[2] Citado por Peter J. Beck en "The Anglo-Argentine Dispute Over Title to the Falkland Islands: Changing British Perceptions on Sovereignity since 1910", Millenium: Journal of International Studies, vol. 12, Nº 1 (Primavera de 1983), pág. 18. Los autores reconocen su deuda con el doctor Beck por buena parte del material de que han dispuesto relativo a la soberanía de las Malvinas.
[3] Latín America Bureau, op. cit., pág. 35.
[4] Véase Beck, op. cit., pág. 35.
[5] Ibid., pág. 13.
[6] Ibid., pág. 16.
[7] Ibid., pág. 15.
[8] Julius Goebel, The Struggle for the Falkland Islands (New Haven, edición de 1982), pág. 468.
[9] Beck, op. cit., pág. 21.
[10] Citado por Martin Walker, Guardian, 19 de junio de 1982.
[11] Beck, op. cit., pág. 21.
[12] The South American Handbook 1977, Bath, 1976, pág. 125.
[13] Latin America Bureau, op. cit., pág. 6.
[14] Citado en ibid., pág. 17.
[15] Falkland Islands Review, Informe de la Comisión de Consejeros Privados bajo la Presidencia de Lord Franks (en lo sucesivo se lo citará como Informe Franks), 1983, pág. 94.
[16] Informe Franks, parágrafos 17, 16.
[18] Ibid., parágrafo 23.
[19] Ibid., par. 60.
[20] Ibid., par. 61.
[21] Martin Walker, Guardian, 19 de junio de 1982.
[22] Informe Franks, par. 66.
[23] Ibid., par. 148.
[24] Ibid., par. 75.
[25] Ibid., par. 77.
[26] Entrevista del 13 de julio de 1983.
[27] Informe Franks, par. 112.
[28] Ibid., par. 108.
[29] Ibid., par. 100.
[30] Ibid., par. 291.
[31] William Wallace, "El Informe Franks", International Affairs, vol. 59, Nº 3.


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